Si de repetición se tratara, siempre estamos repitiendo: acciones, palabras, frases, gestos…

Levantarnos cada mañana, es una acción que hacemos una y otra vez, y es, en esa repetición donde encontramos  seguridad, nos sentimos vivos apoyados en la certeza que otra vez vamos a realizar las cosas que hicimos el día anterior, con sus variaciones, evidentemente, porque un acto nunca será exactamente igual a otro.

Si a nosotros los adultos, o jóvenes, nos da seguridad el hecho de repetir determinadas acciones, os invito a pensar en nuestros niños. Nuestros hijos necesitan de esa repetición de acontecimientos para sentirse seguros y darles esa estabilidad emocional que les ayudará a crecer como personas íntegras, son esos pequeños o grandes quehaceres cotidianos donde ellos pueden predecir, de alguna manera, lo que sucederá cada día. Por ejemplo, todos los niños cuando empiezan el cole atraviesan por el período de adaptación, la angustia de la separación con los padres es un momento de sus vidas que tienen que atravesar, pero ¿cómo lo logran? Justamente, apoyándose en la repetición de acontecimientos, saben que sus padres, como cada día, les dejarán en el cole y luego, como cada día, vendrán a recogerles.

También la repetición construye. Puede resultar agotador repetir de 3 a 20 veces al día: “recoge tus juguetes”, “lávate los dientes”, “es hora de dormir”, “haz tus deberes”… No se trata de “ganar por cansancio” al niño, sino de ayudarle a construir un hábito y los hábitos, los logramos, sí… ya lo tienes, con la repetición.

Yo no temo a una vida de rutinas, en mi trabajo, en mi casa, educando a mis hijas, cada día repetimos muchas acciones, pero cada día hay algún detalle, algo que lo hace distinto pero igual, y es que al final, la repetición se convierte en un arte diario del que podemos disfrutar.

Leticia Manoiloff